El verdadero valor de la Educación Pública: una estrategia evolutiva

Más que un derecho, aprender es una responsabilidad compartida con nuestra especie.

¿Se han dado cuenta de lo raros que somos los humanos? Quizás, por el propio bien de su salud mental, hayan normalizado el simple hecho de “ser humano”, y los felicito por ello. Sin embargo, si miramos con atención a nuestro alrededor y contemplamos toda la imagen, notaremos lo extraños que somos frente a otros mamíferos —y ni hablar de otras formas de vida.

Es probable que todos los seres se sientan, en cierto modo, únicos: la naturaleza —o, mejor dicho, la genética y la evolución— con un despliegue de creatividad infinita se ha encargado de hacernos a todos distintos.

Pero, volviendo a los humanos, hay algo especial en nosotros: tenemos cultura. Aunque algunos animales muestran formas elementales de cultura, nada se compara con la complejidad de la nuestra. De hecho, existen teorías que plantean que esta es nuestra mayor ventaja evolutiva.

Antes de seguir, para asegurarnos de estar en la misma página, definamos cultura. Según Mesoudi (2015) la cultura es la información (creencias, conocimientos, actitudes, habilidades, preferencias, palabras y cualquier cosa que se aprenda de otra persona) que se adquiere a través de mecanismos de transmisión social, como la imitación, la enseñanza o el lenguaje. Lo que estamos haciendo ahora mismo, tú al leer y yo al escribir, es precisamente generar cultura. Y por cierto, gracias por estar del otro lado. 🙂

Como te contaba, la cultura es uno de los bienes más preciados de la humanidad; es lo que nos hace lo que somos. Desde que aprendimos a transmitir saberes, a través del lenguaje y la enseñanza, hemos acumulado descubrimientos que nos han permitido adaptarnos mejor, innovar y superar desafíos. Joseph Heinrich en su libro “El secreto de nuestro éxito” sostiene que nuestro “éxito” como especie no recae en la inteligencia individual sino en cómo nuestro cerebro colectivo se interconecta, cómo aprendemos de otros y acumulamos conocimiento de una generación a otra.

La cultura es un sistema de herencia tan decisivo para nuestra supervivencia como lo es el ADN.

Lo que me lleva a pensar que educarse, estudiar y aprender no es solamente un derecho que tenemos como humanos, eso vino después. Es, ante todo, un deber, el mayor de los deberes, diría yo. Educarse es una responsabilidad con nosotros mismos, con quienes estuvieron antes de nosotros y gracias a quienes hoy estamos aquí, y también con quienes vendrán. En suma, es una responsabilidad con nuestra especie.

Personalmente creo que al promover la educación únicamente como un derecho nos hemos hecho cierto daño como humanidad. No me malinterpreten: nada me alegra más que toda persona pueda acceder a la educación. Pero siento que, al enmarcarla solo como “derecho”, a veces olvidamos lo que aprender realmente significa. Es como si las teorías, los libros y las historias hubieran estado siempre ahí, como si nadie hubiera trabajado -e incluso entregado su vida- para que existieran y podamos estudiarlas en un aula. En resumen, la damos por sentado.

Desde que era niña, crecí con el discurso de que uno debe educarse para tener un buen trabajo y por tanto un buen salario. Nunca (o al menos no que yo lo recuerde) escuché que educarse era una responsabilidad conmigo misma, con mi familia, con mi país y con mi especie. Y entiendo que cuando hablamos de derechos, lo hacemos desde la perspectiva de que sea algo garantizado por los padres y por el estado, pero sobre todo con la mira en un posible ascenso social: todos queremos desarrollarnos e ir más allá. Pero, nuevamente, en un marco en el que se valora a la educación por la retribución económica que implica, se pierde de vista lo que realmente es: una estrategia de supervivencia natural, una responsabilidad profundamente humana.

Alex Guilherme, citando a Fichte y Humboldt, expresa la responsabilidad del individuo a estudiar, mejor de lo que yo jamás podría hacerlo:

“La educación debe ser democrática por naturaleza y universal y obligatoria en su aplicación… La educación es la sangre vital del Estado porque…el individuo no es solo un individuo; es al mismo tiempo miembro de una comunidad y, como tal, debe ser educado para ocupar su lugar en ella; de lo contrario, el futuro de esa comunidad está condenado al fracaso.” (Turnbull, 1923:198)

Hoy internet nos permite aprender desde la comodidad del sillón de nuestra sala, pero las escuelas y universidades brindan algo insustituible: estructura, herramientas y docentes que nos guían para adquirir conocimientos que solos jamás podríamos alcanzar. Por eso, la educación debería ser pública y de libre acceso para todo aquel que quiera formarse.

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Imagen: Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires

Ahora bien, que algo sea público no significa que sea gratuito. Las palabras importan. Llamar a un bien “gratuito” le quita todo el peso en nuestra consciencia de su verdadero costo y -no se diga- su valor. Las cosas cuestan algo. La generación de conocimiento y su impartición tienen un costo y es elevado. Tener esto en mente, aunque parece trivial, es tremendamente importante, porque nuevamente, si algo es público pero no es “gratis” (como si lo gratis existiera, además) significa que alguien que no soy yo (aunque en realidad sí, pero no directamente) es el que está financiando esta oportunidad que tengo frente a mí.

Si enmarcamos a la educación como un derecho y además gratuito, a mí parecer, cometemos un grave error. Corremos el riesgo de infravalorar la responsabilidad que implica. La responsabilidad de estudiar por las razones que mencioné antes y la responsabilidad con aquel que está pagando las cuentas, que en el caso de la educación pública, somos todos: eres tú, es tu familia, son tus vecinos y hasta aquellos que te caen mal.

La educación, aunque pública, no es un regalo: es un préstamo colectivo cuyo costo asumimos entre todos. Y su valor, también.

Si no me conocen, les cuento que soy ecuatoriana y desde hace 5 años que tengo la inmensa fortuna de estudiar en la Universidad de Buenos Aires que es, una universidad pública y de altísima calidad. Cada día me encuentro en las aulas con doctores (que es el título académico más alto al que alguien pueda aspirar) especializados en la materia que enseñan, presentándose cada día en el aula y enseñando aquello que llevan años de su vida aprendiendo. Lo hacen con pasión, lo hacen con amor a la ciencia y lo sé porque se nota; porque lo hacen a pesar de estar terriblemente maltratados por el gobierno y por la sociedad. Cada día agradezco esa generosidad y esta oportunidad.

Argentina, a pesar de sus dificultades económicas, es uno de los pocos países a nivel mundial que sostiene un sistema de educación superior abierto incluso a quienes venimos de otros países. Por eso me indigna cuando veo a estudiantes extranjeros, o peor aún, de mi propio país, tener el descaro de EXIGIR educación “gratuita” y más indignante aún, con el argumento de que “está en la constitución”, con un tono de derecho adquirido, como si el país estuviera obligado por naturaleza a educarnos y, además, bajo nuestras propias reglas.

Entiendo la queja y la exigencia por recibir educación, no es algo que se haga solo acá. En Ecuador, aunque con menor vehemencia, también se reclama este derecho y como lo he manifestado antes, considero que es fundamental. Sin embargo, volvemos al argumento inicial: la educación es una responsabilidad.

Defender la educación pública en todo el mundo es una meta noble; pero ideal y realidad no son lo mismo. Mientras la educación gratuita no sea norma global, quienes la recibimos en el extranjero debemos asumir que estamos siendo beneficiarios de un privilegio costoso.

A mi entender, todo estudiante extranjero debería retribuir de algún modo:

 

    • En tiempo: comprometiéndose a trabajar un período en el país, en el sector público o en proyectos con impacto social.

    • En recursos: si decide marcharse, aportando económicamente para sostener el sistema que lo educó.

Se trata de un valor fundamental en las relaciones humanas: la reciprocidad.

Es necesario reconocer que en nuestro compromiso con la educación superior argentina, hay un pacto implícito: cuando un país abre sus puertas para educarnos, nos da una oportunidad que cuesta dinero y esfuerzo. Ignorar este pacto además de ser un acto de profunda ingratitud, es injusto para quienes lo financian.

A veces nos olvidamos de que, antes de ser ciudadanos de un país, somos miembros de una misma especie. Y este es un compromiso de doble vía: dar y recibir. Porque, al final del día —aunque a veces no lo parezca— la globalización nos lo recuerda con fuerza: el mundo se construye en comunidad. Todos, con cada acción, lo edificamos… o lo destruimos. Algo que siempre me ha fascinado de la ciencia es precisamente eso: se construye en comunidad. Lo que alguien investiga hoy en Tokio puede ser la pieza clave para un científico en la Patagonia. Personas de todos los idiomas, culturas y banderas trabajan, en realidad, para una sola causa: la humanidad, la más noble y la más importante.

Finalmente, considero que así como estudiar es una responsabilidad de todos —y en especial de los jóvenes—, garantizar esa oportunidad es una responsabilidad de los mayores. Cada generación tiene una doble tarea: aprender para heredar conocimiento y, al mismo tiempo, abrir el camino para que la siguiente pueda aprender más y mejor. Esa es la esencia del pacto educativo: un puente que une pasado y futuro, un compromiso que mantiene viva a la humanidad. A todos nos favorece vivir en una sociedad educada: tu educación es de mi más profundo interés, y la mía, debería ser también el tuyo. Por el simple hecho de que dependemos el uno del otro. Si cada persona se comprometiera a aportar su parte, el mundo, sin duda, sería un lugar mucho mejor.

Para vivir una vida con sentido, es necesario reconocer nuestro lugar en el mundo. La responsabilidad que tenemos con aquellos que nos brindaron el suelo que habitamos hoy -con sus virtudes y defectos-, con aquellos que vivieron y que murieron para que hoy nosotros podamos aprender y que nos legaron su cosecha. Asimismo, está la responsabilidad que tenemos con aquellos que vendrán, con dejarles tierra fértil y algo bueno.

Por eso, amigos, educarse más que un derecho, es un deber biológico y moral. Aprender y compartir conocimiento es la estrategia evolutiva que nos permitió llegar hasta aquí, para bien o para mal, y sin ella no habrá futuro.

La educación indudablemente nos hace mejores.

Y si nos hace mejores, ¿no es acaso una de las inversiones más valiosas?

Y si es tan valiosa, ¿no deberíamos cuidarla con el mayor celo?

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“Si tienes conocimiento, deja que otros enciendan su vela en  él.” -Margaret Fuller 

Gracias por leerme. Si te gustó y te aportó, te invito a compartirlo.

Nos leemos en la próxima.

Con cariño y desde el núcleo.

REFERENCIAS

Guilherme, A. (2016). Do we have a right to education or a duty to educate ourselves? An enquiry based on Fichte’s views on education. Power and Education8(1), 3-18. https://doi.org/10.1177/1757743815624116 (Original work published 2016)

Alex Mesoudi, Cultural Evolution: Overview, Editor(s): James D. Wright, International Encyclopedia of the Social & Behavioral Sciences (Second Edition), Elsevier, 2015, Pages 388-393, ISBN 9780080970875, https://doi.org/10.1016/B978-0-08-097086-8.81016-8.

Henrich, J. (2016). The secret of our success: How culture is driving human evolution, domesticating our species, and making us smarter. Princeton University Press.

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