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De las profundidades del mar al espacio: un ejemplo de biomimética

Posted on noviembre 6, 2025noviembre 6, 2025 by saloqve@gmail.com

Introducción

Si observamos con detenimiento el mundo que nos rodea, notaremos que todos los seres vivos enfrentan desafíos constantemente. Una planta necesita obtener más luz, una araña cazar a su presa voladora, un pájaro refugiarse de cazadores o encontrar un lugar para anidar. Incluso nosotros, los humanos, dependemos de estrategias biológicas que nuestro cuerpo ejecuta sin que lo notemos: regular la temperatura, mantener el pH o equilibrar los niveles de azúcar en la sangre.

La naturaleza ha pasado millones de años resolviendo problemas de supervivencia con una creatividad y eficiencia asombrosas. Cada organismo que vemos hoy —desde un simple líquen hasta una ballena azul— es el resultado de miles de millones de años de evolución.

Como dice la bióloga Janine Benyus, pionera en el campo de la biomimética:

“Estamos rodeados de genios.”

Y si la naturaleza ya resolvió casi todo tipo de desafíos, ¿por qué no aprender de ella? Esa es la pregunta que da origen a una fascinante disciplina: la biomimética.


¿Qué es la biomimética?

La biomimética (o biomimicry) es el arte y la ciencia de observar la naturaleza, aprender de sus estrategias y aplicarlas a problemas humanos.
No se trata de copiar literalmente las formas o funciones biológicas, sino de inspirarse en los principios que las hacen funcionar.

Por ejemplo, los ingenieros se inspiraron en las alas del martín pescador para diseñar trenes más silenciosos, o en la piel del tiburón para crear trajes de baño que reducen la fricción en el agua.

Pero uno de los ejemplos más fascinantes de esta disciplina proviene de un animal inesperado: la langosta.


Cómo las langostas ayudaron a ver el universo

En los años 90, los astrónomos buscaban una manera de observar el universo con mayor precisión. Querían captar rayos X suaves, un tipo de radiación que revela eventos cósmicos como explosiones de estrellas, agujeros negros o estallidos de rayos gamma.
El problema: los rayos X atraviesan casi todo. No se reflejan ni se refractan fácilmente, lo que hacía inútiles los telescopios tradicionales.

La solución apareció en el lugar más insólito: los ojos de las langostas.

El neurobiólogo Michael Land, mientras estudiaba la visión de los invertebrados marinos, descubrió que las langostas no usan lentes como nosotros, sino un sistema de microespejos cuadrados que reflejan la luz hacia un punto focal en la retina.
Este diseño les permite ver en la oscuridad de las profundidades con una sensibilidad impresionante.

Un grupo de astrónomos checos, inspirado en este hallazgo, comenzó a experimentar con telescopios basados en esta misma estructura reflectante.
El resultado: una óptica capaz de detectar rayos X con mucha más eficiencia.

En 2024, la misión espacial Einstein Probe (de la Academia China de Ciencias y la ESA) despegó equipada con un telescopio inspirado en los ojos de la langosta.
Gracias a este diseño, puede monitorear enormes zonas del cielo de una sola vez, abriendo una nueva era en la observación del universo.


La ciencia de la curiosidad

Lo más hermoso de esta historia es que Michael Land no buscaba crear telescopios. Su motivación era pura curiosidad: entender cómo ve una langosta.
Su trabajo, como gran parte de la ciencia básica, no buscaba una aplicación inmediata. Sin embargo, su descubrimiento terminó transformando la astronomía moderna.

Y este no es un caso aislado.
Muchos avances nacieron de la curiosidad: la resonancia magnética, por ejemplo, se desarrolló en los años 30 para estudiar moléculas, y hoy salva millones de vidas en medicina.

Por eso, la curiosidad científica es también una forma de inversión en el futuro. Nunca sabemos qué conocimiento aparentemente inútil podría cambiar el mundo.


Biomimética: una nueva forma de mirar

La biomimética nos enseña a dejar de vernos como dueños de la naturaleza para convertirnos en sus aprendices.
Nos invita a observar con humildad las estrategias que la vida ha desarrollado durante millones de años y aplicarlas de manera sostenible, desde la nanoescala hasta la ingeniería espacial.

Y no solo en tecnología: también en arquitectura, medicina, diseño social o educación, la biomimética puede inspirar soluciones más eficientes, regenerativas y humanas.


Para seguir aprendiendo

Si este tema despertó tu curiosidad, te recomiendo visitar AskNature.org, una biblioteca creada por el Biomimicry Institute que recopila miles de soluciones inspiradas en la naturaleza.
Allí podrás descubrir cómo los organismos resuelven problemas de energía, comunicación, movimiento y mucho más.

También puedes leer sobre la misión Einstein Probe en la web oficial de la ESA (Agencia Espacial Europea).


Conclusión

La historia del ojo de la langosta nos recuerda que la innovación no siempre está en el laboratorio, sino también bajo el mar, en una hoja o en un ala.
La naturaleza ha sido la mayor inventora del planeta; nosotros apenas estamos aprendiendo a escucharla.

Y quizás, si seguimos su ejemplo, podamos construir un futuro más sabio, sostenible y mejor para todos.

¿Qué te pareció? Te leo en los comentarios!

Que estés muy bien y hasta la próxima 🙂

Category: Ciencia Narrada, Divulgación Científica

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